
Como era esperable el estreno de Torrente Presidente ha sido todo un éxito este pasado fin de semana y ha trascendido las pantallas para convertirse en un fenómeno sociológico que recuerda, de forma casi simétrica pero invertida, a lo que los que trabajamos en cines vivimos con el estreno de Barbie en 2023. Ambos hitos comparten la naturaleza del «cine-evento», esa capacidad única de transformar una simple película en una cita obligatoria que paraliza la conversación social. Sin embargo, donde la producción de Greta Gerwig teñía las calles de rosa neón y purpurina, la obra de Santiago Segura ha impuesto una marea de «negro mugre» y estética cañí, creando un ambiente festivo, ruidoso y descontrolado que recuerda más a un botellón colectivo que a una sesión de cine convencional.
Una preventa y arranque explosivo
La preventa ya avisaba: más de 150.000 entradas vendidas antes del estreno, una cifra brutal para una producción española que la ponía al nivel donde solo suelen estar los grandes blockbusters de Marvel o las secuelas más esperadas de Disney. Es la confirmación de que el «marketing del silencio» no ha generado indiferencia, sino una necesidad compulsiva de reserva para ser el primero en descifrar el misterio.

Este volumen de ventas anticipadas garantizaba prácticamente un suelo de más de un millón de euros en recaudación antes de que se abrieran las puertas de los cines el viernes. Para ponerlo en contexto, la mayoría de las producciones españolas más exitosas de la última década han necesitado semanas enteras para movilizar a tal cantidad de espectadores. Segura ha logrado digitalizar el fenómeno fan de Torrente creando un flujo constante de códigos QR que aseguraban el «lleno total» en las sesiones de noche de todo el país. Y así fue.

La cinta de Sony Pictures Spain aterrizó en más de 1.000 pantallas en 397 cines de toda España, generando colas desde primera hora del viernes. El perfil del público era un auténtico mosaico: desde grupos de chavales hasta cuarentones o cincuentones; gente mayor que solo busca ‘reírse y olvidarse de los problemas’, parejas y espectadores solitarios que se dejan llevar por la curiosidad y hasta los padres que no sabemos porqué cojones llevan a sus hijos, casi en procesión, a la ‘iglesia torrentiana’. Todo ello aderezado con gente disfrazada de Jose Luís Torrente con sus banderas de España.


Esto se tradujo en que el primer viernes de estreno pulverizó cualquier expectativa. Ni la superstición del Viernes 13 pudo frenar al brazo tonto de la ley, que logró una recaudación histórica de 2,4 millones de euros en un solo día, adueñándose del 78% de la cuota de pantalla. Es, con diferencia, el mejor estreno español de los últimos 15 años, logrando la proeza de superar en un +37% a colosos internacionales recientes como Avatar: Fuego y Ceniza.

Hoy lunes, con las cifras en la mano, el veredicto es inapelable: 6,9 millones de euros en su primer fin de semana y casi 900.000 espectadores. Esto ha convertido a la película en el cuarto mejor estreno de la historia para una película española por detrás de Lo imposible (2012), con 8,9 millones de euros, Torrente 4: Lethal Crisis (2011), con 8,4 millones, y Torrente 3: el protector (2005), con 7,2 millones. Torrente no ha vuelto para ser presidente de una película, ha vuelto para ser el dueño absoluto de la industria y de las redes sociales.

El mood en las salas: risas, desmadre y generación TikTok
Donde Torrente está ganando la batalla cultural de forma más agresiva es en la integración de la Generación TikTok. Mientras que el fenómeno Barbie era eminentemente visual y estático, donde todos buscaban la foto perfecta en el display de la caja de la muñeca para Instagram, el estreno de Torrente se ha convertido en una experiencia interactiva y ruidosa.

Las salas de cine se han transformado en estadios donde el móvil ya no se guarda, sino que se convierte en la herramienta principal para capturar la escena de turno, las risas de la sala y los cameos más inesperados. Solo basta echar un vistazo a TikTok para comprobar la magnitud de esta «piratería fragmentada»: si juntáramos todos los fragmentos que la gente ha ido subiendo, algunos de hasta siete minutos seguidos, prácticamente podrías reconstruir la película entera desde el sofá. En las sesiones de Torrente Presidente el cine ha dejado de ser un templo del silencio para convertirse en un plató de creación de contenido en tiempo real, donde la película es solo la excusa para que el espectador sea el protagonista de su propio vídeo viral.

Este cambio de reglas nos deja preguntas que nadie sabe responder. ¿De verdad se puede permitir este desmadre en una sala? ¿Qué pasa con el que solo quiere ver la peli sin tragarse el brillo de los móviles o los gritos del Neandertal de al lado? Quizás es que Torrente Presidente no es una peli para ‘ver’, sino para ‘vivirla’ así, a lo loco y si es en grupo, mejor. Pero el marrón nos lo comemos los que trabajamos en el cine: ¿tenemos que ir ahí a intervenir? ¿Deberíamos hacer callar a un grupo de tíos de cuarenta años con tres cervezas encima y ganas de juerga que han pagado su entrada para este ritual? De momento, si nos toca ponernos la camiseta de la peli para currar, nos la ponemos y a aguantar el chaparrón.


Por suerte, es (y será) algo puntual. No estamos ante el nacimiento de un nuevo modelo de exhibición que sustituirá al cine tradicional; simplemente se han juntado el hambre con las ganas de comer: la gente que no se sabe comportar, es mucho peor ahí. Y además, la gente come y bebe sin parar. El resultado es inevitable: salas que acaban convertidas en un auténtico campo de batalla tras los créditos finales.
